“Trata a las personas como si fueran lo que deberían ser, y ayúdalas a convertirse en lo que son capaces de ser.” Goethe

martes, 25 de octubre de 2011

Eyram Phesoj


(Niebla en el Lago de Brienz)

                                          El tiempo además de curar, difumina los recuerdos de los caminos andados. La cuidad de hoy, es un recuerdo de músicas, de encuentros con las fases de una luna llena a la que no sabría volver.
                       La primera vez que vi su muralla era carnaval y viajaba con mi hijo. Estaba invitado al estreno de una mansión  en las afueras de un pueblo medieval. Todos quedamos asombrados al ver disfrazadas sus calles, hechas de canales de agua por donde circula la gente y la luna se reflejaba sin seguir las normas del calendario.
                      Arriesgué la vida colocando mis ojos en sus ventanas y contemplando la trasformación de la plaza principal de la ciudad. Los músicos tocaban instrumentos de cuerda cuando, pasada la media noche, tuve que partir hacia mi patria.
                      Pasados varios meses en los que decidí olvidar la belleza de Eyram Phesoj el destino me llevó a las puertas de su muralla otra vez. Esta vez viajaba acompañado por los embajadores de varios países, todos con las mismas intenciones; conquistar las riquezas de esta ciudad.
                Decidí esperar y ver cómo se defendía de los diversos embates de los embajadores. Todos fracasaron al pie de la muralla de agua que protege esta ciudad. Algunos decidieron volver a su patria y otros quedaron en las afueras trastornados, vagando, con la esperanza de tener otra oportunidad.
A la mañana siguiente, ofrecí mis disculpas al gobernador por entrar navegando de noche en un canal y conocer los nobles sentimientos que habitan sus casas. Para mi sorpresa, sonrió y me invitó a disfrutar de un paseo guiado por los jardines marinos.
                      Había oído hablar de ellos, pero nunca llegué a imaginar que existieran unas aguas azules tan puras brotando del suelo, como fuentes lujuriosas donde habitan peces de colores que cantan y árboles con los colores de otoño flotando en estanques.
                    Como presente regalé unas poesías escritas con oro, versos puros como las aguas que rodean esta ciudad. Así pasaron días, semanas, meses… en los que descubrí lugares secretos del corazón de Eyram Phesoj  y cada vez más preso del embrujo blanco de la luna creciente, que contemplaba tumbado en la hierba de sus estanques.
                    Sus habitantes adoraban a luna y colgaban de sus balcones ofrendas cada noche.  Yo, impaciente, esperaba mi oportunidad para conquistar la ciudad.

                     Una noche burlé la guardia y entré en el Templo de los jardines marinos. Olía a menta y lavanda. Las sacerdotisas que custodiaban a su reina me sonrieron, como si leyesen los pensamientos de mi corazón. Crucé con sigilo un largo pasillo abovedado, hasta una sala iluminada con antorchas, bajo el palio que protegía la cama estaba la reina; apenas cubierta con telas de seda azules.

                      Permanecí con ella varios días y noches en los que sucumbí a unos labios rojos, a esos pequeños senos acabados en punta con forma de sol, a sus largas piernas bronceadas acabadas en cálidos pies. Me dejó descubrir la suavidad de su piel, envuelta por esa mágica seda  protectora.
                       Rendido a sus pies, se fue llorando. Vivía presa de su pasado que ahogaba su presente y destruía su futuro. La última noche que bajé a ver los jardines con sus manantiales y fuentes, estaban helados. Los peces congelados en sus aguas, así como los frutos de sus árboles. Hacía un frío que cuajaba la sangre.
                       No sé como logré huir de ese paraíso helado y regresar a la cordura que tenía antes de conocer Eyram Phesoj. Nunca podré saber cuanto hubo de verdad y cuanto de espejismo en el tiempo que pasé encerrado en el Templo escuchando su voz.
                        Guardo algunos manuscritos con tinta azul de ella: poesías inconclusas que me llevé el día que salí de allí. También la música que nos acompañó en una cálida noche de luna llena.

Santa 23/10/2011

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Mahatma Gandhi 1869-1948. Político y pensador indio

Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él.

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